Hace casi 10 años leí una entrevista al Subcomandante Marcos, realizada por Ignacio Ramonet y republicada por “Liberación”, el diario dirigido por César Hildebrandt que en su momento fue un medio emblemático de la lucha contra Fujimori. [El texto puede verse íntegro aquí]. Recuerdo la entrevista casi textualmente, pues me marcó mucho e influyó en mi manera de ver las cosas de una manera muy fuerte en los años siguientes. Especialmente me marcaron estas palabras:
“(…) nuestro quehacer político no es tomar el poder. No es tomar el poder por las armas, pero tampoco por la vía electoral o por otra vía, putchista, etcétera. En nuestra propuesta política, nosotros decimos que lo que hay que hacer es subvertir la relación de poder, entre otras cosas porque el centro del poder ya no está en los Estados nacionales. De nada sirve, pues, conquistar el poder. Un gobierno puede ser de izquierda, de derecha, de centro y, finalmente, no podrá tomar las decisiones fundamentales. Y tampoco soñamos con tomar el poder en el seno de los grandes organismos financieros. De lo que se trata es de construir otra relación política, ir a una ciudadanización de la política.”
Eran tiempos en que la realidad demostraba, día a día, que esta manera de ver las cosas era correcta. La década del “pensamiento único” neoliberal nos había mostrado cómo Fernando Henrique Cardoso, sociólogo y otrora representante de la teoría crítica de la dependencia, se había convertido en el impulsor del Consenso de Washington en Brasil. Ya habíamos visto de qué manera, en Francia, las diferencias entre el Partido Socialista y la derecha eran tan tenues que ambas fuerzas podían co-gobernar sin contratiempos. Habíamos podido observar cómo se diluía la “tercera vía” inglesa a través de un laboralismo domesticado por las reformas neoliberales. La década que nacía no prometía cambios: en Argentina, en gran frente anti-Menem, encabezado por De La Rúa, acababa de nombrar “superministro” a Carvalho (algo así como el Boloña gaucho). Mientras, en el Perú el aluvional líder antifujimorista, Alejandro Toledo, se aprestaba a construir el segundo piso del fujimorismo.
“El centro del poder ya no está en los Estados nacionales. De nada sirve, pues, conquistar el poder. Un gobierno puede ser de izquierda, de derecha, de centro y, finalmente, no podrá tomar las decisiones fundamentales”. Era verdad. El poder neoliberal no residía aquí o allí: se trataba de una maraña de poderes tan extensa y transnacionalizada, que cualquier gobierno “reformista” cedía y claudicaba rápidamente. La única alternativa para producir cambios profundos era, pues, la “ciudadanización de la política”: la organización, la movilización, la participación. La resistencia, como aquella en Cancún que el 2003 logró bloquear las negociaciones de la OMC. Los movimientos sociales. Los foros sociales. Seattle, los “encuentros intergalácticos” en Chiapas, Génova, Porto Alegre: esa parecía ser la nueva ruta contrahegemónica posible.
Pero, en algún momento durante la década, “algo” ocurrió. “Algo” que también marcó muchísimo mi manera de pensar en los años siguientes. Y ese “algo” se llamó Evo Morales. Contra todo el “pesimista” pronóstico zapatista y contra todo el marco teórico de la lucha alterglobalización, el 2005 Evo Morales llegó al Gobierno y cumplió con sus dos promesas medulares: nacionalizó los hidrocarburos y convocó a una Asamblea Constituyente para elaborar una nueva Carta que recoja la voz de todos los bolivianos. ¡Sí se podía! Vamos, allí estaban las pruebas: los Estados nacionales seguían existiendo y podían seguir tomando decisiones a pesar de la oposición del poder transnacional. Es verdad que Evo no fue el primero: Chávez estuvo antes, desde 1999, tomando rumbos parecidos. Sin embargo, sus estilos caudillistas y su origen militar me impidieron visualizarlo como un “líder de izquierda” hasta bien avanzada la década (aún hoy mantengo serias distancias con el proceso caribeño, pero no puedo negar que forma parte de nuestra contradictoria “izquierda” latinoamericana).
Tengo que reconocerlo: a partir de Evo Morales, los marcos para mis análisis cambiaron, y los énfasis estuvieron puestos en cómo América Latina empezaba a girar hacia la izquierda y en cómo Evo, Kirchner, Chávez, Lula, Correa, Lugo, etc., empezaban a tomar medidas (distintas y relativas a su contexto y a su correlación de fuerzas interna) que daban por finalizada la “larga noche neoliberal” y las imposiciones de Washington en la política económica regional. Uno podría estar de acuerdo o en desacuerdo con una serie de medidas específicas o de orientaciones generales, pero no se podría negar que era el regreso de la política allí donde otros habían anunciado el “fin de la Historia”. Los Estados habían recuperado soberanía y capacidad de impulsar agendas diferentes a las de los organismos multilaterales y las empresas transnacionales.
Hoy, puedo fechar un tercer momento en mi proceso ideológico, y se llama “neoextractivismo”. El debate de vanguardia sobre el modelo extractivista, impulsado por un importante grupo de economistas como Alberto Acosta en Ecuador y Eduardo Gudynas en Uruguay -e impulsado, sobretodo, por los movimientos sociales de aquellos que sufren en carne propia la degradación del medio ambiente- nos lleva a comprobar hasta qué punto los nuevos gobiernos progresistas de América Latina no han podido superar el modelo de desarrollo vigente en nuestra región desde hace virtualmente dos siglos, y que el neoliberalismo llevó al paroxismo: la exportación de materias primas. Tras ocho años de PT, Brasil sigue exportando soya y degradando la amazonía; tras cinco años de MAS, Bolivia se ha vuelto tal vez más dependiente de los hidrocarburos; la flamante “revolución ciudadana” de Ecuador está impulsando una amplia inversión en minería, en un país que nunca ha sido tradicionalmente minero; y ni hablemos de Venezuela, que en 11 años de “revolución bolivariana” no ha intentado reducir su dependencia del petróleo.
Los críticos del “neoextractivismo” señalan que la diferencia entre éste y el extractivismo tradicional es el énfasis de los nuevos gobiernos progresistas en que el Estado saque una tajada mayor de la torta para utilizarla en inversión social: educación, lucha contra la pobreza, previsión social y los ahora populares “bonos” sociales. Reconocen, pues, que los Estados han recuperado capacidad de establecer ciertas reglas de juego y de redireccionar el gasto público. Sin embargo, lo que no ha cambiado es que seguimos asumiendo el mismo rol de siempre en la economía mundial: el de proveer materias primas o agroexportaciones con mínimo valor agregado. Y ese rol tiene que ver directamente con nuestra ubicación en la globalización: como la orientación de nuestra economía sigue siendo exportadora (“globalizada”) y nuestro mercado sudamericano sigue siendo la última rueda del coche, las inversiones que se realizan en nuestros países no dependen de ningún criterio o plan de desarrollo nacional o regional, sino de qué productos se cotizan al alza en Wall Street o qué metales necesitan los chinos. Así de simple. Como los Estados necesitan cobrar impuestos para sostener su creciente inversión social, entonces no le hacen ascos a ningún tipo de “inversión extranjera”, sólo negocian mejores condiciones económicas. Y las inversiones que vienen siguen siendo las mismas de siempre: las extractivas.
Debo pedir disculpas por esta larga “autobiografía”, pero ocurre que mencionar estos tres momentos es una buena manera de explicar mi actitud frente a las elecciones en general, y frente al proceso que se avecina en el Perú en particular.
¿Es crucial que “la izquierda” gane las próximas elecciones para dejar atrás el fujimorismo económico? ¿Son o no son importantes las elecciones, a la luz de estas reflexiones? O, en todo caso: ¿cuál es su nivel de importancia real? Creo que recordar este itinerario que -de una u otra manera- muchos hemos recorrido en la última década, es útil para asumir una actitud paciente con miras al 2011, reduciendo las pasiones pero comprendiendo la urgencia de algunos cambios.
Para sostener mi punto de vista, debo explicitar aquello que considero que sí ha cambiado en América Latina en los últimos 10 años gracias a movimientos que tuvieron el atrevimiento de tomar el poder por la vía de las elecciones y de tomar decisiones en serio. Va a ser útil mirar Latinoamérica para tener mejores elementos para comprender nuestro propio proceso, con sus posibilidades y límites. A grandes rasgos, son tres los principales cambios que el variopinto “eje izquierdista” latinoamericano ha afirmado, y que son muy significativos a la hora de contrastar nuestra década con aquella “noche neoliberal”. En primer lugar, se ha recuperado un sentido colectivo en el uso de los recursos comunes. Los hidrocarburos, el espectro radioeléctrico, los bosques, el agua y otros recursos colectivos, que fueron sometidos -tanto en términos económicos como en términos ideológicos- a la única lógica del lucro durante la arremetida neoliberal, han sido recuperados en el discurso y -tal vez en menor medida- en la práctica como lo que son: bienes de todos, que deben ser usados no bajo una lógica mercantil cortoplacista sino bajo una lógica estratégica y para el “bien común”. En segundo lugar, ha sido posible recuperar también un discurso y una práctica que consagra derechos sociales. En todos los países en los que se han iniciado procesos de cambio hay programas de acceso a la vivienda, a la alimentación, al crédito, a la tierra, a la educación, a la salud, en lo que constituye una fuerte orientación del gasto del Estado hacia los sectores populares. Y en tercer lugar, todo esto ha sido posible gracias a una afirmación básica: la afirmación de la autonomía frente a las presiones imperiales de EEUU y frente a los organismos “internacionales” que responden a intereses corporativos, como el FMI y el Banco Mundial.
¿Debemos lograr que el Perú, a corto plazo, se sume a estos procesos de cambio? ¡Por supuesto que sí! Nuestro país no sólo no ha salido de la “noche neoliberal”, sino que se ha hundido más en ella, y las lógicas de lucro y privatización se han extendido en lo que es, en verdad, un proyecto de gran reorganización neoliberal del territorio, materializado en los “decretos del hortelano” (una pequeña parte de los cuales fue derogada gracias a la lucha de los amazónicos). Este proyecto profundiza las grietas históricas del país (sí, sí: esas mismas que fueron evidenciadas por la violencia política y el informe de la CVR) porque al mismo tiempo: (a) da enormes posibilidades de consumo y confort a capas urbanas emergentes, (b) exprime trabajadores hasta la última gota (como los agroexportadores, los de Topy Top, los de FASA…) y (c) arrincona a las comunidades rurales de la sierra y de la selva, no sólo por la inexistencia de políticas de desarrollo agrícola nacional, sino por la destrucción activa de su entorno. Esta es una mezcla explosiva y peligrosa, que en México ha contribuido a incrementar la violencia. Si no logramos parar este proyecto no sólo por la vía de la resistencia, sino desde el propio poder político, tal vez lleguemos al punto en que el modelo sea casi imposible de desmontar, como aparentemente ocurre en Chile.
Pero además de los motivos internos, hay motivos estratégicos que explican la urgencia de que el país se sume a esta ola. En este momento, se libra una batalla geopolítica entre EEUU, por un lado, y el eje Brasil-ALBA-Argentina por el otro lado. Los peruanos, siempre al margen de cualquier cosa que pase en el mundo, no somos suficientemente concientes de ello. Pero conversar con un dirigente del PT brasilero hace poco me permitió comprender la lucidez y claridad con la que ellos enfocan el asunto [La conversación con Valter Pomar puede leerse aquí]. Es este lento juego de ajedrez continental el que definirá si en la próxima década el proceso atuonómico sudamericano continúa o se trunca. Todos los vecinos están convencidos de que lo que ocurra en el Perú va a ser muy importante en ese marco.
Entonces, sí, son muy importantes las elecciones del 2011.
Sin embargo, esta reflexión no está completa si no aclaramos qué es lo que los procesos de cambio en América Latina no han logrado. El gran límite económico -y, al mismo tiempo, ecológico- es que, pese a todos los discursos, no hay señales de estar construyendo un régimen económico alternativo. Todos los modelos, aún los más “radicales”, están transitando hacia un capitalismo con un fuerte rol del Estado, tanto como empresario, como regulador y como proveedor de servicios y derechos sociales -pero capitalismo al fin. Esto es tanto más evidente, como ya hemos señalado más arriba al referirnos al “post-extractivismo”, en el uso y abuso de los recursos naturales, de los cuales estos Estados progresistas son cada día más dependientes. Los festejos brasileros y venezolanos ante cada nuevo descubrimiento de gas y petróleo demuestran hasta qué punto ni los unos ni los otros están planificando de manera seria otro motor para su economía futura. Los que comprendemos los riesgos climáticos globales no podemos sentirnos, en absoluto, satisfechos con un avance tan modesto.
Además, ninguno de los procesos en mención ha sabido caminar hacia la construcción de un modelo político renovador. Tal vez el único caso interesante podría ser Bolivia, donde su propia Constitución recoge una serie de mecanismos democráticos y comunitarios inspirados en la organización indígena. Pero su aplicación práctica está por verse. En los demás casos la democratización del Estado está verde, desde la “revolución bolivariana” con su “comandante” hasta Brasil, donde Lula pudo imponer a dedo a su candidata, sin votaciones partidarias ni consulta con los movimientos sociales que apoyaron inicialmente el proceso.
Si esta es la situación en países como Brasil, donde la construcción de ese maravilloso partido que es el PT ha demorado 20 años, o en Bolivia donde discursos bastante radicales tienen la hegemonía… ¿Qué ocurriría en el Perú, donde no existen partidos “de izquierda” con un mínimo de organización, capacidad de gestión y cultura política, y donde la hegemonía del pensamiento neoliberal, a nivel popular, es altísima? Es evidente: cualquier Gobierno “progresista” tendría dificultades enormes para consolidar su propuesta y para llevarla a cabo, y es muy probable que terminaría arrastrado por pragmatismos políticos y prácticas meramente distributivas, pero no transformadoras.
¿A dónde voy? A mostrar lo que ya todos sabemos: que es tan urgente la necesidad de impulsar tiempos post-neoliberales en nuestro país, como inmensa es la incertidumbre acerca de a dónde nos llevarían tales esfuerzos a corto plazo. Tanto los que apuestan por cambiar el modelo lo más pronto posible, es decir, a través de las elecciones del 2011, como los que prefieren impulsar alternativas menos inmediatas trabajando mejor no sólo los aspectos organizativos sino también los programas, tienen su parte de razón. Porque (tómbolas electorales y personalismos a parte) el verdadero parteaguas de la izquierda en estas semanas ha sido qué tanta voluntad de poder tiene cada sector para abril del 2011: algunos quieren apoyar a la opción con mayor fuerza electoral porque ponen el peso sobre la urgencia del cambio, mientras que otros no se lamentarían de sacar un 5% si es que es el primer paso para construir “algo” para el 2016. Y junto con estas dos grandes actitudes, que en estas fechas electoralizadas son las que más atención reciben, también tienen su enorme parte de razón aquellos “movimientistas” que piensan que gobiernos van y gobiernos vienen, pero que lo que verdaderamente importa es estar al lado de los movimientos y apoyar sus luchas: aún con “la izquierda” en la gestión pública, se necesita que los sectores sociales conserven su autonomía y su capacidad de lucha, pues son ellos los únicos que pueden presionar para que las promesas se cumplan y los cambios se hagan efectivos.
Todos tienen su enorme porción de razón. Se requiere efectuar cambios desde el gobierno, pero también depende de cómo se conforma dicho gobierno y, además, recordemos que los gobiernos no son la panacea porque el sistema productivo global es como un enorme imán, capaz de arrastrar aún al de discursos más encendidos.
Que todos tengan su porción de razón no significa que no se pueda tomar postura. Ese sería un relativismo mal entendido. Cada sector no sólo está en libertad sino casi en el deber de tomar una postura política coherente con su análisis, y de actuar en consecuencia, y de luchar sin tregua defendiendo y promoviendo su apuesta.
Entonces, ¿a dónde va este texto tan cargado de relativismo? Muy simple: a ayudar a enfocar las disputas a donde realmente necesitan enfocarse. En épocas electorales, las izquierdas tienen una sorprendente facilidad para perder la perspectiva y considerar que compañeros que también quieren transformar el modelo pero que tienen análisis diferentes, son “traidores”, “neoliberales”, “autoritarios”, “caudillistas” o cualquier adjetivo descalificativo. Hace poco una convocatoria a la “unidad” decía: “El que no está por la unidad contra el neoliberalismo, está con el modelo”. Casi como Bush y su “O están con nosotros o están contra nosotros”. Ese es un enorme error, aprendido de la generación anterior que llevó sus disputas y odios personales a niveles absurdos. He visto coctailes oficiales donde representantes de la izquierda no se podían ni saludar entre sí, pero que conversaban animadamente con representantes del Gobierno o del modelo. ¡No pues! ¿Con quién vamos a dar la lucha? ¿Entre nosotros o contra los representantes del modelo?
Hay que descargar la tinta. Como bien dicen Los Prisioneros, “las palabras son cuchillas cuando las manejan orgullos y pasiones”. Estas elecciones son muy importantes, pero tampoco van a marcar un antes y un después en la historia del país: la lucha para desmontar el neoliberalismo y para construir modelos de convivencia justos, democráticos, solidarios y ambientalmente sostenibles, es una lucha que todavía tiene muchísimos capítulos por delante. Necesitaremos todavía mucha paciencia, mucho trabajo, disputa política a fondo y, también, una buena dosis de buen humor.
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Nota: el documento original ha sido elaborado con el procesador de textos de OpenOffice usando Ubuntu como sistema operativo, y ha sido colgado usando Firefox como navegador. Todos son sistemas de software libre con código abierto y elaborados colectivamente por la comunidad de usuarios a nivel mundial. Otra economía, cooperativa, libre y solidaria, no solo es posible: ¡ya está siendo construida!